-Mamá la profe ha traído gusanos de seda ¿puedo tener gusanos?
- Cariño, ya tenemos un acuario, un gato, a tu padre y a ti ¿te parece que no cuido ya de bastantes animalitos?
- no mami, que los voy a cuidar yo, de verdad.
Su carita brilla por la excitación y los recuerdos afloran. Aquellos momentos ya lejanos en que era yo la que tenía cada año la caja de zapatos con agujeritos y dentro un montón de gusanos de seda.
Los contemplaba al regresar del cole durante largo rato, me fascinaba ese tacto blandito, suave, las cosquillitas en la mano y verles como hacían un carril comiendo sin parar aquellas hojas de morera de los árboles de la avenida, cada año más altos y difíciles que se convertian en punto de reunión de la chiquillería del barrio a la búsqueda de las tan preciadas hojas.
La fascinación al descubrir cómo, de repente, comenzaban a tejer y tejer con sus hilos dorados el capullo donde se escondían y salían un interminable mes después, transformados en unas feuchas y graciosas mariposas, tan blanditas y esponjosas como los gusanos y que en poco tiempo, llenaban toda la caja de diminutos huevecillos para después morir.
Tapadera puesta a la caja y a esperar al próximo año, guardada en lo alto del armario, para de nuevo ver, con la misma ilusión, el proceso de transformación.
- Claro hijo, ahora te doy una cajita, pero que solo te de tres eh y sobre todo…
que te de la dirección exacta de las moreras.